"EL TALLER DEL VAPOR"

Brilla tanto el escudo dorado que parece de oro. Justo al frente de la máquina destaca en letras de gran relieve el nombre de su constructor, la fecha y lugar de nacimiento. Baldwin Lokomotive, Philadelphia, 1949. La historia de las tres locomotoras animan los recuerdos de Pablo, jefe de máquinas, y hombre que timonea la vida en el taller desde hace 30 años.

A diario la rutina comienza con una solemnidad casi iluminada. La máquina, allí quieta, espera silenciosa y atenta; los jóvenes mecánicos la miran con respeto y los más veteranos con un amor forjado al calor de la caldera.

La vida en el taller transcurre con toda normalidad entre jornadas de mantenimiento. En la noche del viernes encienden la máquina para probarla y dejarla lista en la plataforma de abordaje. Pedro ajusta, con una dedicación insomne, las  múltiples piezas de metal.

La mueve carbón y agua.  El vapor que emana hace recordar las imágenes a blanco y negro de la primera película de la historia, "El Gran Robo del Tren" o las intrépidas secuencias de Buster Keaton en "El Maquinista de la General".En tiempos donde la velocidad es un reto. Está máquina, que no alcanza más de los 70 kilómetros por hora, le arrancaría una sonrisa irónica al habitual pasajero del tren bala chino que devora el tiempo y el espacio de la ruta Shanghai - Hangzhou a unos insaciables 461 kilómetros por hora.

A la Baldwin 76 parece no importarle. Todos los fines de semana lleva sin remordimientos a 120 pasajeros, la mayoría familia con niños, en un sereno viaje de recreo que dura casi una eternidad entre Bogotá y la sede de "La Catedral De Sal de Zipaquirá" una de las siete maravillas suramericanas.Si Gandhi viajara en la locomotora 76 estaría orgulloso. No en vano y desafiante uno de los afiches de la campaña del Transporte de Londres, lo recordó en el inverno del 2009 en las estaciones del metro en Sloane Square Station y Fulham Broadway.

-"Hay más cosas en la vida que aumentar la velocidad"

No es el AVE ni tampoco desafía las nieves perpetuas del Tíbet como lo hace la conocida línea "Camino al Cielo" a 5000 metros sobre el nivel del mar. No registra en la historia como si lo fue el primer tren transcontinental que conectó dos océanos con un clavo de oro. La locomotora 76 no transportó pasajeros por primera vez como si la que en 1830  inauguró la ruta Liverpool-Manchester. No está en la literatura y mucho menos goza del prestigio cinematográfico del Expreso De Oriente.

La 76 sale de Bogotá, a las siete de mañana, buscando la sabana con un ímpetu y ensoñación romántica que ha permitido que los niños conozcan lo que es un tren de verdad y no la versión documental de Discovery Channel.

En un  país donde no existe el tren como medio de transporte porque lo dejaron morir y donde su ciudad capital apenas aprobó la construcción del metro, en los talleres de la Estación de la Sabana dos generaciones de mecánicos evitan que la 76, la 72 y la 85 se conviertan en toneladas de chatarra y hacen que la mula de hierro, como la bautizaron las abuelas en mitad del siglo XX, siga pidiendo vía por toda la sabana mientras los colombianos esperan el tren de los buenos tiempos.

 

 

Andrés Calderón. Escritor y Guionista / José Luis Rodríguez Maldonado